Actuar sin Pensar y Otros Antídotos Contra el Miedo
Fue lo primero que dije luego de que todo pasó: “No entiendo por qué le tenía miedo. ¡Esto no duele nada!”.
Y eso que la semana pasada, al menos en dos oportunidades —una en un taller para un cliente y otra en mi conferencia de cierre del congreso Benchmarking 2004— había dicho lo que he venido predicando desde hace años: la acción es el mejor antídoto del miedo.
Pero ahí me encontraba yo, hace un par de días, posponiendo lo que se hacía a cada minuto inevitable. Hasta que no me quedó más remedio que hacerlo.
Y dicho y hecho, una vez confrontada la acción, el miedo se desvaneció.
Lo que te narro es de hace unas pocas horas cuando, por la tarde, decidí que me inyectaran para aliviar un acuciante dolor de espalda.
Producto de un fin de semana en el que me aventuré a navegar en kayak por el mar, se instaló en la parte baja de mi espalda un dolor como nunca antes lo había sentido.
Desde el principio escuché la recomendación que no quería: inyectarme. Podrás reírte, pero por alguna razón, le tenía miedo a dejarme pinchar.
Sí, yo que he hablado ante miles de personas —cosa que estadísticamente es una de las actividades más temidas— y que he realizado cosas como caminar con los pies descalzos por 12 metros de carbones al rojo vivo, estaba atemorizado por algo tan nimio como eso.
En mi mente —como suele suceder con todo aquello a lo que le tememos— me había hecho una imagen mucho peor de lo que en realidad produce el simple procedimiento médico.
Hasta que, luego de dos días sin lograr mejoría y harto de la permanente molestia, decidí enfrentar al “monstruo” puntiagudo.
Una vez aceptado el reto, no lo pensé dos veces. De hecho, ni me permití pensar, ya que sabía que de hacerlo seguramente iba a dudar de mi decisión y a darle más fuerza a mi temor. Inmediatamente —antes de que me arrepintiera— pedí el favor de que me compraran la medicina y el mencionado instrumento.
Llegó el momento. Me bajé los pantalones. Y vino el pinchazo.
Afortunadamente y para mi sorpresa, fue un episodio prácticamente indoloro. En instantes pude experimentar la verdad: aquello a lo que le temía —y por lo que irónicamente había prolongado innecesariamente mi sufrimiento— era una ilusión.
Ahora, puedo decirte con orgullo y jocosidad que ¡he vencido mi miedo!
¿Cuánto de este relato se parece a cómo tú puedas
estar viviendo —y dejándote paralizar por— algún temor?
Quizá en tu caso no es la tonta aprehensión a las inyecciones, sino la ansiedad por intentar algo importante: comenzar un negocio, pedir un aumento, aprender una nueva actividad, tener esa conversación pendiente.
Pero por pequeño o significativo que sea, las siguientes ideas —ilustradas en mi propia experiencia de esta tarde— pueden servirte para disolver tu miedo y cristalizar el coraje necesario para moverte hacia lo que quieres.
El miedo —así como la valentía— crece en tu mente.
El temor a algo no está afuera; vive en ti. En las imágenes y frases que repites en tu cabeza. Esto mismo permite que, al cambiar tus imágenes catastróficas por visiones y declaraciones de triunfo, puedas mitigar lo que antes te paralizaba.
El truco está en “matar de hambre” tu miedo y alimentar tu valentía a través de pensamientos ganadores. De hecho, si vas a apostarle con tu energía mental a un posible escenario ¿no tiene más sentido hacerlo con aquel en que sales vencedor?
Aquello que temes es, en el 95% de los casos, mucho menos peligroso, doloroso o dañino de lo que crees.
Como se evidenció en mi encuentro íntimo con la aguja, tendemos a magnificar nuestros temores.
Al reconocer que las probabilidades apuntan casi en su totalidad a que tu miedo es infundado —al menos en la dimensión en que lo vives— puedes conectarte con una mayor sensación de seguridad para avanzar.
No uses el pasado para justificar tus miedos, ya que el futuro puede ser completa —y positivamente— diferente.
Mi anterior experiencia con la jeringa, hace más de una década atrás, no fue nada agradable. Pero la de esta tarde fue, por decirlo de alguna manera, inocua. ¿Cómo es posible? Simple: tu pasado no tiene por qué determinar tu futuro.
No tienes por qué dejarte marcar por una experiencia anterior. El futuro y tu propio presente pueden ser diferentes y liberadores si así lo permites.
Usar tus miedos para postergar es prolongar algo peor: una sensación de fracaso y, en algunos casos, un sufrimiento real.
Si lo hubiera enfrentado desde el principio me hubiera ahorrado dos días de intenso dolor e incomodidad. ¿Estás tú también estirando en el tiempo aquello que, a fin de cuentas, es peor que confrontar tu miedo de una vez por todas?
Para progresar tiene que llegar el momento
en que decidas actuar por encima de tu miedo.
No puedes seguir esperando a que, por arte de magia, tu miedo se vaya. Llega el momento de la verdad en que, aun desde tu miedo, como el valiente, des el primer paso.
Porque es justamente en ese proceso que tu miedo —que antes parecía denso, impenetrable y envolvente— comenzará a desvanecerse.
Una vez decidido, actúa sin pensar.
No me refiero a la acción irracional y suicida, sino al hecho de que tu miedo se alimenta de tus propios pensamientos incontrolados. En este sentido, en ocasiones la mejor estrategia es no pensar, no titubear; dejar de seguir cuestionándote por si debes o no debes hacerlo.
Simplemente actuar. Ponerte en movimiento en el universo físico: levantar el teléfono; escribir el e-mail; comenzar a hablar; cerrar el trato; salir a la calle; avanzar hacia lo que quieres.
Haz tu visión de lo que quieres más grande
que la de aquello que temes.
Tu cerebro reacciona ante dos tipos de estímulos básicos: lo doloroso —de lo que busca alejarse— y lo placentero —hacia lo que naturalmente se acerca.
Por lo tanto, una manera para contrarrestar tu miedo —eso que tiendes a evitar— es darle más fuerza a la visión de lo que quieres.
Piensa en lo que quieres más que en lo que temes. Imagínate cómo te vas a sentir —orgulloso, liberado, poderoso, entusiasta, alegre, fortalecido, vencedor— una vez que hayas superado tus obstáculos y alcanzado tus metas.
De hecho…
¿Cómo te estarías sintiendo en
este momento si ya lo hubieras logrado?
Quítale energía a tus miedos y dásela a tus metas. Haz de ellas un deseo que arrope tus más grandes temores.
Si sabes que debes hacerlo —por tu bien y la construcción del futuro que realmente mereces— no lo pienses más y ponte en acción.
Al avanzar, reconoce que sigues ileso; que después de todo “¡Esto no duele nada!” y que ahora tu miedo está en proceso de extinción.
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Copyright © 2005 por
Leo Alcalá —Autor y Conferencista Internacional
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Con el artículo Actuar sin Pensar y Otros Antídotos Contra el Miedo recorde experiencias pasadas: El año pasado, baje en rappel una montaña y caí a las aguas cristalinas y transparentes de una poza. En una siguiente experiecia tenía que bajar otra montaña para caer en agua y no baje. Mis miedos, mis monstruos internos se apoderaron de mí. Tanto lo pense, que mi mente me traicionó. Me sentí fustrada y decepcionada conmigo misma, con coraje y no sabía donde esconderme del resto del grupo. Me decían, Ale no hay problema, otra vez será. Posiblemente haya otra experiencia, pero esta será diferente, no la misma vivida.
Aprendí a no ser dura conmigo misma, que me puedo equivocar y a no ser intransigente conmigo misma. Gracias Leo